viernes, 20 de agosto de 2010

Había una vez en una ranura...

Te voy a contar una historia. Otra historia más. Un deseo de cuento. Una historia cada vez menos real…
Érase una vez un chico muy rico que tenía mucho mal. El se encontraba solo y yo lloraba porque él tenía maldad y yo no tenía protección porque estaba poseída por la mala suerte. Mala suerte me tenía atada. Yo había nacido enroscada al palo de la mala suerte y cuando salí tuve un problema muy grave, que de adolescente pasó a ser dislexia de palabras y de mas grande dislexia de realidad. La mala suerte era horrible porque era todo lo que me ponía mal. No era una enfermedad común era mi enfermedad común amplificada. ¿Quieres que te hable más de esto? ¿Lo deseas con el corazón? Yo deseo contarte un cuento de muerte y suspenso pero no me sale, pero igual escribo porque no pierdo las esperanzas de poder hacerlo. Entonces ¿Quieres que te cuente de que se trata lo que me sale contarte?
Como un albino que no tiene protección del sol. Yo no tenía protección de la realidad. No había límites para la sensación. La inercia de cualquier cosa no tenía fondo en mí. Cualquier palabra era un sonido que se amplificaba hasta hacerme llorar. O era un significado que crecía hasta convertirse la felicidad en horror. La belleza me dolía porque no tenía fin. Nunca podía disfrutar porque el disfrute pasaba de largo hasta convertirse en obsesión. Si perdía 10 centavos éstos se multiplicaban en miles de pesos. En la cantidad de pesos que podría generar en toda mi vida. Vivía fundida. Vivía engañada, golpeada, perseguida, loca. Y toda la vida eran estados relativos porque yo era consiente de que eran locuras mías. Que no estaba fundida realmente aunque sentía como ya lo había perdido todo de una forma totalmente real. Entonces no estaba ni loca ni cuerda. Estaba en el limbo. ¿Escuchaste hablar de él? Condenada a vagar sin rumbo, sin tiempo. A flotar.
Cuando sentía lo bueno al ratito por amplificación se volvía malo. O cualquier partícula de tendencia negativa que se interpusiera entre lo bueno y yo embichaba lo bueno hasta volverlo deprimente, perverso. Como lo bueno se volvía malo, lo malo siempre me podía parecer que tenía su raíz en algo bueno. Todos decían “¡Es malo!” y yo agregaba “No, no es malo. Si mirás bien mas malo es lo bueno.”
No era inteligente. Era mental. Mi mente era abstracción, tan abstracta que necesitaba escribir y sellar un cuento que le diera sentido a mi vida. Sin cuento yo no tenía vida. Tampoco el cuento era cuento. Era mi vida. Yo no escribía cuentos. Escribía mi vida. Y a través del cuento escrito de mi vida podía contemplarme y conocerme. Podía conocer lo que me rodeaba. Entender algo. Poniéndole límites a la historia podía sobrevivir a la realidad descontrolada de las sensaciones. La fantasía era el único camino para vivir algún tipo de realidad.
La historia que les cuento sigue en otro cuento. En uno muy misterioso y escondido. Yo lo perdí, no pude encontrarlo. Lo escondí y siempre que escondo algo me olvido de dónde lo puse. ¡Una lástima! Realmente una lástima. Lo escondo tanto que tal vez ni siquiera lo escribí. Pero siento profundamente que está escondido adentro de la ranura de una pastilla color amarilla.



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